• Juan Martin Vives

La nueva ley de religión rusa restringe las libertades ¿Y a nosotros, qué?


Hoy, 20 de Julio, entran vigencia las nuevas normas sobre regulación de la religión en Rusia. La llamada “legislación Yarovaya” (en honor a una de sus principales impulsoras, la diputada Irina Yarovaya, del partido Rusia Unida, al que pertenece el presidente Putin) ha sido fuertemente criticada desde diversos sectores internacionales por aumentar las limitaciones a la libertad religiosa. Esta modificación a la Ley de Religión rusa introduce restricciones para expresar y compartir la fe en público, algo que hasta ahora no estaba previsto en la versión original de la ley sancionada en 1997. Desde ahora, cualquier acto religioso realizado fuera de los lugares de culto se considerará como actividad misionera. Debe pedirse un permiso del gobierno para que un inmueble funcione como lugar de culto, y sólo las iglesias registradas pueden hacerlo. También para las “actividades misioneras”, conforme a la nueva definición legal, es necesario contar con un permiso gubernamental. Esto incluye, por ejemplo, decir unas palabras durante un servicio fúnebre en un cementerio, o dar consuelo a un enfermo terminal en un hospital. Las multas van desde USD780 a USD15.500, y para los extranjeros existe la posibilidad de expulsión del país.


Aunque Rusia nos quede geográfica y simbólicamente tan lejos, creo que se pueden extraer algunas conclusiones de esta situación, especialmente teniendo en cuenta el comportamiento de las propias personas religiosas.

EL ABRAZO DEL OSO

Una primera cuestión que me llamó la atención es el apoyo que el presidente Putin tiene, o al menos tenía hasta hace poco, entre muchos religiosos. Un artículo de la revista Christianity Today del año pasado refleja cómo piensan algunos de ellos. Un líder decía que “Putin es muy popular en Rusia, y le quieren tanto los cristianos como los no cristianos. Ha habido profecías acerca de un gran avivamiento en Rusia, y muchos creen que Putin está preparando el camino para que Rusia se convierta en un gigante espiritual”. Otro que Putin es “el hombre que Dios ha escogido para Rusia para este momento de la historia”. Y así.

Muchos religiosos han celebrado el hecho de tener un presidente “duro”, comprometido con mantener los valores tradicionales, y decidido a usar el aparato estatal para hacerlo. Mientras la agenda fue coincidente, todo parecía marchar bien: intolerancia estatal hacia la homosexualidad y otras conductas no aceptadas por la religión; nacionalismo ruso; resistencia al ingreso de nuevos movimientos religiosos; y sobre todo, defensa de los valores cristianos frente al avance del Islam.

El problema es que se poder se vuelve potencialmente ahora en contra de las religiones (tal vez con excepción del catolicismo ortodoxo, protegido por el Estado). Las mismas iglesias que celebraban el autoritarismo, ahora probablemente lo sufran. Es la vieja figura del abrazo del oso: cálido y confortable al comienzo, pero luego asfixiante y finalmente mortal. Olvidémonos que hablamos aquí de Rusia. Cambiemos el nombre de Putin por el de cualquier gobernante. El problema sigue siendo el mismo. Aquí hay una valiosa lección para aprender.

EL MIEDO, ESE ENEMIGO DE LAS LIBERTADES

Hace poco alguien compartió conmigo una frase del Marqués de Maricá: “El miedo hace más tiranos que la ambición”. Es un pensamiento tan sencillo como acertado. La nueva legislación rusa que limita la libertad religiosa se da en el marco de la versión rusa de “la lucha contra el terrorismo”. Algunos analistas intuyen que su verdadero objetivo no son las religiones en general, sino el Islam en particular. Rusia, un país con 20 millones de musulmanes, está decidida a detener el avance del extremismo islámico. Tal vez por eso, además de exigir permisos y dificultar la actividad misionera, la nueva legislación endurece el control sobre los ciudadanos, dando a las autoridades el poder de acceder a todas las conversaciones telefónicas y correos electrónicos que atraviesen las líneas de telecomunicaciones de Rusia. Otra vez lo mismo. Digamos “Estados Unidos”, “Francia”, “Turquía” en vez de “Rusia”, y vemos un fenómeno que se repite: cuando tenemos miedo, estamos dispuestos a sacrificar nuestras libertades en pos de una pretendida seguridad.

Y si algo produce miedo en estos días es el terrorismo, sobre todo el ligado al extremismo religioso. Habrá que estar muy atento para evitar que la llamada “lucha contra el terrorismo” (o “lucha contra la inseguridad”, que para el caso es lo mismo) no se convierta en una excusa para recortar en un santiamén libertades civiles que ha costado mucho conseguir.

LA ESPADA DE DAMOCLES

Muchos coinciden en que la nueva legislación rusa no tendrá vigencia efectiva. Por el tamaño de Rusia, por la decisión (o la desidia) del Estado, o por lo que sea, confían en que la legislación quedará en letra muerta. Después de todo, las personas religiosas han experimentado un ambiente hostil en Rusia desde hace años, y lo que está ocurriendo ahora “no es tan grave”. Hay algunas molestias, sí, pero el Estado ya no aplica todo su aparato represor sobre las religiones.

Este es un juego peligroso. La idea de que la legislación está, pero no nos preocupa porque finalmente no se aplica con todo el rigor, puede llevar a situaciones lamentables. Me recuerda un poco a lo que pasa en Argentina, donde una ley de la dictadura militar todavía exige un registro para poder funcionar como iglesias y comunidades religiosas (salvo la Iglesia Católica). Desde hace varios años el registro es “amigable”, es decir, no es común que rechace inscripciones. Sin embargo, todavía está fresca la decisión del gobierno, a comienzos de este milenio, de suspender por varios meses las inscripciones al registro, ilegalizando automáticamente a todos aquellos que no se hallaran inscriptos y quisieran hacerlo. Fue sólo un botón de muestra del riesgo de confiar a la benevolencia del gobernante de turno derechos que deberían estar garantizados más allá de cualquier gobierno.

Mientras ello no ocurra, y aunque la legislación restrictiva no se aplique con todo el rigor, seguirá allí como la espada de Damocles, lista a ser utilizada en el momento oportuno.

NO HE DICHO NADA

El apoyo de muchos religiosos a las políticas represivas del gobierno ruso se observó también en el silencio ante los avances sobre religiones ajenas. Casos como los de la Iglesia de Scientology, los Testigos de Jehová, o la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, que han sufrido diversas dificultades en Rusia, así lo demuestran. Hace muy poquito las autoridades expulsaron del territorio ruso a un pastor evangélico estadounidense, James Mulcahy, por oficiar bodas homosexuales. Otros evangélicos, disconformes con las prácticas de Mulcahy, apoyaron la medida del gobierno ruso.

Aquí hay otro aspecto para que nosotros reflexionemos. No hace falta coincidir con los demás para defender su libertad. De hecho, y en última instancia, la libertad religiosa es eso: tener el derecho de creer lo que uno quiera, equivocado o no. Esa actitud de desprecio frente a los derechos de los demás por el simple hecho de tener convicciones diferentes trajo a mi mente las famosas palabras del pastor luterano Martin Niemöller:

"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".

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